El origen de la humanidad ha sido una pregunta ancestral, milenaria, a la que sólo en tiempos recientes hemos podido dar una respuesta objetiva satisfactoria. En textos sagrados y antiguos se encuentran teorías místicas, religiosas o mágicas que suponían al hombre fruto de un milagro divino. Esta lógica se denomina creacionismo y es defendida por todas las religiones.
Hubo otras teorías, algunas de las cuales apuntaban a fenómenos extravagantes como la generación espontánea o las causas extraterrestres. Finalmente, cuando la ciencia fue una herramienta a disposición de la humanidad, las investigaciones en diversos campos fueron alimentando la teoría de que el ser humano estaría emparentado biológicamente con los animales.
En el siglo XIX Charles Darwin publicó su teoría sobre el origen de las especies, a partir de la cual se propuso la idea de la evolución como “descendencia con modificación”. Como consecuencia, se propuso que el hombre evolucionó tal y como lo hicieron los demás animales, a partir de formas más simples de vida con las que aún compartía muchos rasgos. A esta lógica, hoy en día comprobada por el discurso científico, se la denominó Evolucionismo. (Máxima Uriarte, 2020)